Me apunté al gimnasio en enero como todo el mundo. Con la típica motivación de año nuevo y cero idea de qué hacer con las máquinas. Ahí fue cuando la vi por primera vez.
Carla. 32 años, pelo negro recogido en coleta alta, tatuaje de una rosa en el hombro derecho y un cuerpo que claramente sabía lo que hacía en un gym. Llevaba mallas negras ajustadas y un top deportivo que dejaba ver sus abdominales marcados.
"¿Primera vez aquí?", me preguntó con una sonrisa mientras yo miraba la cinta de correr como si fuera un alien.
"Se nota tanto...", contesté, sintiéndome ridículo.
"Tranquilo. Todo el mundo empieza así. ¿Quieres que te enseñe lo básico? Es gratis la primera sesión."
Las primeras semanas
Durante tres semanas, Carla fue mi entrenadora. Me corregía la postura cuando hacía sentadillas, se acercaba demasiado cuando me explicaba cómo usar las poleas, y siempre, siempre, ese olor a perfume mezclado con sudor que me volvía loco.
Yo intentaba concentrarme en los ejercicios, pero era imposible. Cuando me enseñaba a hacer peso muerto, se ponía detrás de mí, sus manos en mis caderas ajustando la posición. "Aprieta el core", decía con esa voz grave que me ponía la piel de gallina.
Un viernes por la noche, el gimnasio estaba casi vacío. Solo quedábamos ella, yo y dos tipos en la zona de pesas al fondo. Estábamos en la zona de estiramientos, al lado de los vestuarios.
"Túmbate boca abajo. Voy a estirarte los isquios", dijo palmeando la colchoneta.
Me tumbé. Ella se arrodilló a mi lado y empezó a presionar mi pierna hacia mi pecho. Sus manos firmes, cálidas. Demasiado cerca.
"Estás muy tenso aquí", susurró, presionando mi muslo. "¿Te duele?"
"Un poco...", mentí. No me dolía. Solo quería que siguiera tocándome.
Sus dedos subieron ligeramente, masajeando la parte interna de mi muslo. Se detuvo ahí, mirándome directamente a los ojos.
"¿Mejor?", preguntó. Pero el tono ya no era profesional.
"Mucho mejor", contesté. Mi voz salió más ronca de lo normal.
El vestuario
"Los del fondo se acaban de ir. Creo que ya cerramos", dijo de repente, poniéndose de pie. "Voy a ducharme. ¿Vienes?"
No era una pregunta. Era una invitación.
La seguí hasta la zona de vestuarios. El gimnasio estaba completamente vacío. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
Entramos al vestuario de mujeres. Ella cerró con pestillo.
"¿Sabes cuántas semanas llevo esperando que captes la indirecta?", dijo mientras se quitaba el top deportivo por encima de la cabeza, quedándose solo en sujetador deportivo negro.
Me quedé paralizado. "Yo... pensaba que solo eras amable..."
Se acercó hasta quedar a centímetros de mí. "¿Amable? Nadie es TAN amable. Te he estado tocando durante tres semanas esperando a que hicieras algo."
Y entonces me besó.
Fue intenso desde el primer segundo. Sus labios sabían a proteína de vainilla y laca de labios con sabor a menta. Me empujó contra los lockers mientras sus manos iban directas a mi cintura, metiéndose por debajo de mi camiseta.
Yo le devolví el beso con todo lo que llevaba conteniendo. Mis manos recorrieron su espalda, bajaron hasta sus glúteos firmes, la apreté contra mí. Notó lo duro que estaba al instante.
"Vaya... alguien ha estado haciendo bien sus ejercicios", susurró contra mi oído antes de morderme el lóbulo.
Se quitó el sujetador deportivo. Pechos perfectos, pezones duros. Me agarró de la mano y me llevó hasta las duchas.
Abrió el agua caliente. El vapor empezó a llenar el espacio. Se quitó las mallas y las bragas de un solo movimiento, quedándose completamente desnuda frente a mí.
"¿Vas a quedarte vestido o qué?", preguntó con esa sonrisa que ya me había vuelto loco en cada entrenamiento.
Me quité la ropa más rápido de lo que nunca lo había hecho.
Entramos juntos a la ducha. El agua caliente caía sobre nosotros mientras nos besábamos bajo el chorro. Sus manos exploraron cada centímetro de mi cuerpo con la misma confianza con la que me corregía en los ejercicios.
Me empujó contra la pared de azulejos fríos. Se arrodilló frente a mí, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros.
"Ahora te toca a ti relajarte", dijo antes de metérmela en la boca.
Fue lento, profundo, tortuoso. Usaba la lengua como si supiera exactamente qué me volvía loco. Yo intenté mantener la compostura, pero era imposible. Mis manos se enredaron en su pelo mojado.
Cuando sentí que estaba cerca, la detuve. La levanté, la giré y la puse contra la pared.
"¿Condón?", pregunté.
"Píldora. Estoy limpia. ¿Tú?"
"Limpio."
"Entonces fóllame de una vez."
Entré despacio, sintiendo cada centímetro de su calor apretándome. Ella gimió fuerte, sin importarle si alguien podía oír.
Me moví con ritmo firme, mis manos en sus caderas, tirando de ella hacia mí con cada embestida. El sonido del agua mezclado con sus gemidos llenaba el vestuario.
"Más fuerte", exigió, mirándome por encima del hombro. "No te contengas."
Y no lo hice.
La cogí del pelo, arqueándola contra mí mientras aumentaba el ritmo. Sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados. Una de sus manos bajó entre sus piernas, frotándose mientras yo seguía embistiendo.
"Me voy a correr", jadeó. "No pares... no pares..."
La sentí tensarse, temblar, apretarme con una fuerza increíble mientras se corría. Eso me llevó al límite. Me vine dentro de ella con un gruñido grave, agarrándola fuerte por las caderas.
Nos quedamos así unos segundos, respirando pesado bajo el agua caliente.
El después
Nos duchamos de verdad después de eso. Con jabón, champú, como si nada hubiera pasado. Pero ella no dejaba de sonreír.
"Mañana a las 7pm. Sesión de pierna", dijo mientras se vestía.
"¿Esto cuenta como cardio extra?", bromeé.
"Cuenta como calentamiento. Mañana te enseño el entrenamiento de verdad."
Y cumplió. Durante los siguientes dos meses, nuestras "sesiones" siempre terminaban igual. A veces en el vestuario. A veces en su coche en el parking subterráneo. Una vez incluso en la sala de spinning cuando cerrábamos.
Nunca fuimos pareja oficial. Era algo físico, intenso, sin complicaciones. Justo lo que ambos necesitábamos.
Eventualmente ella se mudó a otra ciudad por trabajo. Nos despedimos con un último entrenamiento que duró toda la noche en su apartamento vacío.
Ahora cada vez que voy al gym y veo a alguien con coleta alta, no puedo evitar recordar aquellas duchas.
La entrenadora personal que me enseñó más que ejercicios
EEquipo PASION-PROHIBIDA·1 de febrero de 2026·6 min de lectura·73 visitas

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