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El masaje que no esperaba: Cuando el placer supera las expectativas

EEquipo PASION-PROHIBIDA·25 de diciembre de 2025·4 min de lectura·205 visitas
El masaje que no esperaba: Cuando el placer supera las expectativas

Una semana de locos

Había sido, sin exagerar, la semana más estresante de mi vida. Tres presentaciones importantes, un cliente imposible que llamaba a cualquier hora, y mi jefe respirándome en la nuca constantemente.

El viernes por la noche estaba destrozado. Física y mentalmente agotado. Un amigo me había hablado hace tiempo de "esos masajes" que ofrecían en ciertos sitios. Siempre me había dado curiosidad, pero nunca me había atrevido.

Esa noche, mientras me tomaba una cerveza solo en casa y scrolleaba sin rumbo por el móvil, decidí que era el momento de probar algo diferente.

Buscando opciones

Entré en PASION-PROHIBIDA y empecé a buscar. Me sorprendió la cantidad de opciones: masajes relajantes, masajes tántricos, masajes con final feliz... Cada perfil era un mundo.

Me llamó la atención una chica. Se hacía llamar Sara. Su perfil era elegante, profesional, sin fotos excesivamente explícitas. Describía sus servicios como "experiencias sensoriales completas" y tenía reseñas excelentes.

Le escribí un mensaje simple, educado, preguntando por disponibilidad. Respondió en menos de diez minutos.

El lugar

El apartamento estaba en una zona residencial tranquila de Barcelona, cerca de Diagonal. Nada llamativo desde fuera, lo cual me tranquilizó.

Subí en el ascensor con el corazón acelerado. No sabía qué esperar. ¿Me sentiría incómodo? ¿Sería raro? ¿Me arrepentiría?

Abrió la puerta y todas mis dudas se desvanecieron.

Sara era exactamente como en sus fotos, quizás incluso más guapa. Unos 30 años, morena, con una sonrisa cálida que transmitía tranquilidad. Llevaba un vestido sencillo que dejaba entrever una figura cuidada.

"Pasa, pasa. Estás en buenas manos" me dijo, y algo en su voz me hizo creerle inmediatamente.

La preparación

El apartamento olía a incienso y velas aromáticas. La iluminación era tenue, cálida. Sonaba música ambiental suave, algo con flautas y agua corriente.

Me ofreció una copa de vino y charlamos un poco. Me preguntó sobre mi semana, sobre lo que buscaba, sobre mis límites. Todo muy profesional pero cercano a la vez.

"Lo más importante es que te relajes" me explicó. "No tienes que hacer nada. Solo déjate llevar".

Me guió a una habitación con una camilla profesional cubierta con sábanas blancas inmaculadas. Me pidió que me desnudara y me tumbara boca abajo. Ella salió un momento para darme privacidad.

El masaje

Empezó por la espalda. Sus manos, untadas en aceite tibio, comenzaron a trabajar mis músculos con una presión perfecta. Ni demasiado fuerte ni demasiado suave.

Los primeros veinte minutos fueron puramente terapéuticos. Deshizo nudos que no sabía que tenía. Trabajó mis hombros, mi cuello, mi espalda baja. Gemí de alivio más de una vez.

Pero poco a poco, casi imperceptiblemente, el masaje empezó a cambiar.

Sus movimientos se volvieron más lentos, más sensuales. Sus manos empezaron a explorar zonas que no habían tocado antes. La parte interna de mis muslos. Mis glúteos. Cada roce enviaba pequeñas descargas eléctricas por todo mi cuerpo.

"¿Todo bien?" preguntó en voz baja.

"Muy bien" conseguí murmurar.

El momento decisivo

"Date la vuelta" me indicó.

Obedecí, sintiéndome vulnerable pero extrañamente cómodo. Ella no mostró ninguna sorpresa ni incomodidad ante mi estado evidente de excitación.

Continuó el masaje por mi pecho, mi abdomen, mis piernas. Cada vez acercándose más pero sin llegar. Era una tortura exquisita.

"¿Quieres que continúe?" susurró finalmente.

No pude hablar. Solo asentí.

El final

Lo que siguió fue... difícil de describir. Sus manos, su boca, su cuerpo entero se convirtieron en instrumentos de placer. Cada movimiento estaba calculado para maximizar las sensaciones.

Duró una eternidad y un segundo al mismo tiempo. Cuando terminó, me sentía como si hubiera renacido. Todos los problemas de la semana, todo el estrés, todo había desaparecido.

Después

Me ofreció una ducha, otra copa de vino, y tiempo para recuperarme. Charlamos un poco más antes de irme. Le agradecí sinceramente la experiencia.

"Vuelve cuando quieras" me dijo con una sonrisa mientras me acompañaba a la puerta.

Y volví. Muchas veces.


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