Ocho años de amor
Le quiero. De verdad que le quiero. Es el amor de mi vida, mi mejor amigo, mi compañero de aventuras. Llevamos ocho años juntos, cuatro viviendo en el mismo piso, y aún me hace reír todos los días.
Nuestra vida sexual es buena. No voy a mentir diciendo que es perfecta porque después de tantos años, ¿qué relación lo es? Pero nos queremos, nos deseamos, y hacemos el esfuerzo de mantener la chispa viva.
Pero hay algo que él no sabe. Algo que me he guardado durante tres años.
La primera vez
Todo empezó por accidente. Él estaba en un congreso en Berlín, yo sola en casa, aburrida, con una copa de vino y demasiado tiempo libre.
Abrí una página de contactos. Solo por curiosidad, me dije. Solo para ver. No iba a hacer nada, solo... mirar.
Una hora después estaba en un hotel del centro con un completo desconocido.
No sé cómo llegué allí. Bueno, sí lo sé. Sé exactamente cómo llegué: mensaje, chat, dirección, taxi. Lo que no sé es por qué lo hice.
¿Aburrimiento? ¿Curiosidad? ¿Una parte de mí que necesitaba algo que mi pareja no me daba? No tengo respuestas. Solo sé que aquella noche, con aquel desconocido cuyo nombre ni recuerdo, sentí algo que hacía mucho que no sentía.
Me sentí viva.
El patrón
Desde entonces, cada vez que él viaja por trabajo, algo en mí despierta. Es como un interruptor que se activa automáticamente.
El primer día lo resisto. Me digo que no voy a hacerlo esta vez. Que fue solo una vez. Que no soy ese tipo de persona.
El segundo día empiezo a buscar. Solo miro perfiles, me digo. No voy a escribir a nadie.
El tercer día ya estoy en otro hotel, o en casa de alguien, o en mi propio apartamento (nunca en nuestra cama, eso sería... no sé, demasiado).
La culpa que no existe
Lo más extraño de todo esto es que no me siento culpable. Debería, ¿no? Debería sentirme fatal, debería confesarlo todo, debería terminar con esta farsa.
Pero no puedo.
Cuando él vuelve de sus viajes, soy la novia perfecta. Le recibo con una sonrisa, le preparo su cena favorita, hacemos el amor con ternura. Y no siento que esté mintiendo.
Es como si fuera dos personas diferentes. La novia fiel y cariñosa que le quiere de verdad. Y esta otra, esta mujer que aparece solo cuando él no está, que necesita algo más, algo diferente, algo que no tiene nombre.
El último viaje
La semana pasada viajó a Lisboa. Cuatro días de congreso.
El primer día resistí. El segundo empecé a buscar.
Pero esta vez fue diferente. Esta vez no busqué un hombre.
Había estado pensando en ello desde hace tiempo. Esa curiosidad que nunca me había atrevido a explorar. Esa parte de mí que siempre había reprimido.
Encontré a una chica. Se llamaba (o se hacía llamar) Luna. Era guapa, con una sonrisa fácil y ojos amables.
Quedamos en un hotel cerca de Plaza España. Y fue... revelador.
Lo que descubrí
No voy a entrar en detalles íntimos. Pero sí puedo decir que esa noche aprendí cosas sobre mí misma que no sabía.
Aprendí que mi sexualidad es más fluida de lo que pensaba. Aprendí que el placer no tiene género. Aprendí que hay partes de mí que todavía están por descubrir.
Y aprendí que, por muy feliz que sea con mi pareja, hay una parte de mí que necesita esta libertad. Estos momentos robados. Estas experiencias secretas.
¿Y ahora qué?
No sé qué hacer con esta información. ¿Se lo cuento? ¿Propongo abrir la relación? ¿Sigo viviendo esta doble vida hasta que uno de los dos muera?
No tengo respuestas. Solo sé que le quiero. Y que esto no cambia eso.
Quizás haya otros como yo. Quizás no sea la única que lleva esta vida doble. Quizás esto sea más común de lo que pensamos.
O quizás simplemente soy una mala persona que intenta justificar lo injustificable.
En cualquier caso, necesitaba contárselo a alguien. Aunque sea de forma anónima. Aunque nadie sepa quién soy.
Gracias por escuchar.
¿Tienes una confesión que compartir? PASION-PROHIBIDA es un espacio libre de juicios. Tu secreto está a salvo aquí.



